El maestro Takuan entendía a los factores externos (técnica) e internos (espirituales, actitud psíquica) como las dos ruedas de un carro, en consecuencia en el arte no se puede poner énfasis en el entrenamiento de uno solo de ellos. (Suzuki). En el excelente libro Secretos de los Samurai se destaca la importancia que todos los maestros adjudicaban a la independencia mental en el control del combate. Todos ellos ponían de relieve que la mente debía estar libre de cualquier atadura. En el deportista lo que hace perder independencia mental son las reacciones emocionales inadecuadas. Las ataduras de la mente dependen de las reacciones emocionales y atenazan el brazo del tenista o la mente del deportista en general. El problema no es el rival, ni la presión, el problema son las reacciones que desarrollamos frente a ellos. A continuación veremos un ejemplo de cómo una actitud apropiada salvó la vida y el honor de un maestro de Té que no sabía combatir. Designamos a esa actitud emocional con el nombre de ataraxia.
Suzuki, en Zen y cultura japonesa, (también citado por Ratti y Westbrook) nos hace el relato de un episodio que fue resaltado en la historia del kenjutsu.
[2]El Maestro del Té del señor Yamanouchi se había visto forzado por las insistentes peticiones de su señor a abandonar el tranquilo castillo de Tosa, y seguir a su amo a Edo, donde, evidentemente, el señor Yamanouchi deseaba mostrar la destreza de su sirviente en la ejecución del cha-no-yu (ceremonia del té).
Ya en Edo, un día el pacífico maestro del té (que no era del rango samurai, aunque debido al protocolo tenía que vestirse como si lo fuera) tuvo un encuentro que había esperado y temido desde que se había ido de casa: se encontró a un ronín (un samurai sin señor) que lo desafió a un duelo. El maestro del té explicó cuál era su estatus, pero el ronín, esperando sacar dinero a su víctima continuó amenazándolo. Pagar para que lo dejase tranquilo hubiera supuesto, para el maestro del té, para su señor y para su clan, una inaceptable acción deshonrosa. La única alternativa era aceptar el desafío. Una vez que se hubo resignado a morir, el maestro del té solo deseaba morir de una manera digna de un samurai. Por consiguiente pidió permiso a su oponente para posponer el encuentro y luego se precipitó hacia una escuela de esgrima que había visto cerca de allí, esperando recibir al menos la información básica que precisaba, es decir, los rudimentos para morir honorablemente en el duelo con espada.
Sin una carta de presentación solía ser difícil lograr ser recibido por el maestro de una escuela, pero, en este caso, incluso los porteros no pudieron evitar darse cuenta de lo seriamente trastornado que estaba el maestro de té, y se quedaron finalmente impresionados por la desesperada urgencia con la que suplicaba que se le permitiera entrar. Al fin fue presentado al maestro, quien, habiendo escuchado atentamente la historia le pidió que le sirviese un poco de té, antes de aprender el arte de morir. Contemplando cómo representaba la ceremonia del té con una total concentración y serenidad mental, la continuación de la historia es que el maestro de kenjutsu, en un determinado momento, se golpeó la rodilla en señal de aprobación y exclamó:
¡Eso es! ¡No necesitas aprender el arte de morir! El estado mental en el que estás ahora es suficiente para hacer frente a cualquier espadachín. Cuando veas al ronín proscrito, haz lo siguiente: primero, piensa que vas a servir té a un invitado, salúdale cortésmente, disculpándote por el retraso, y dile que ahora ya estás preparado para el enfrentamiento. Quítate el haori (abrigo), dóblalo cuidadosamente, y luego pon tu abanico sobre el mismo tal como lo haces cuando trabajas. Ahora átate la cabeza con el tenugui (toalla), átate las mangas arremangadas con la cuerda y recoge tu hakama (falda partida). Desenvaina la espada, levántala por encima de tu cabeza, listo para golpear con ella a tu oponente, y, cerrando los ojos, concentra tus pensamientos para un combate. Cuando le oigas lanzar un grito, golpéalo con tu espada. Probablemente acabaréis muriendo los dos.
Dando profusamente las gracias al espadachín, el maestro del té regreso adonde había dejado al ronín, se preparó y esperó. El ronín vio una persona “totalmente distinta” y pidió al maestro del té “perdón por su ruda exigencia...abandonando el campo apresuradamente”.